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SPANISH: (Espanol)

Video : Ian's testimony is now subtitled into Spanish and can be viewed on You Tube: click below 

http://www.youtube.com/view_play_list?p=2D90E86814774959

 

Written: Ian's testimony has been translated into Spanish and you can read it by clicking on this link below.

You can now get this book in Spanish & DVD from

Shout the Gospel Ministries : Mailing Address: 2201 Aspen Pl. . Henrico, VA 23233, USA

email: shoutthegospel@yahoo.com 

Web Page : www.shoutthegospel.org 

 

 

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Book : It is also done in a book form - full testimony .. please read below.

 

                                                                                (PORTADA)

                  UN VISTAZO A LA

                  ETERNIDAD

La historia verdadera de un hombre que experimentó el más allá después de la muerte

La historia de Ian McCormack

Narrada por Jenny Sharkey

                                                   

 

                                                                (Primera página interior)

Un Vistazo a la Eternidad

La historia verdadera de un hombre que experimentó el más allá después de la muerte

La historia de Ian McCormack

Narrada por Jenny Sharkey

Gospel Media  - Suecia

www.gospelmedia.se

                     

                                                  (Parte de atrás de la primera página interior)

Un Vistazo a la Eternidad

La historia de Ian McCormack

Narrada  por  Jenny Sharkey

Copyright c 2008 Jenny Sharkey

 

Edición publicada por:

Gospel Media –Suecia

www.gospelmedia.se

 

Distribuida en el Reino Unido por:

Manna Christian Centre

Streatham

Tel: 020-8769-8588

Correo electrónico: mannabookshop@btinternet.com

Compra online: www.mannachristiancentre.co.uk

 

Todas las citas de las Sagradas Escrituras a no ser que se indique lo contrario, han sido tomadas de la Antigua Versión de Casiodoro de la Reina (1569) revisada por Cipriano de Valera (1602). Sociedad Bíblica Trinitaria 217 Kingston Road, London, SW19 3NN, England.

 

Portada diseñada por: Eduardo Souza, www.snilleblixtar.se

ISBN: 978-91-85853-53-3

Imprimida  por Norhaven, Dinamarca, 2009

 

Esta obra tiene copyright y no puede ser reproducida de ninguna manera sin el previo permiso de la editorial.

                                                 

                                                                (Segunda página interior)

CONTENIDO

  1. La Gran O.E
  2. La Medusa Box
  3. La Prueba de Aguante
  4. El Padrenuestro
  5. La Liberación Decisiva
  6. La Oscuridad
  7. La Luz
  8. Las Ondas de Amor
  9. La Puerta y La Decisión
  10. El Retorno a la Vida
  11. Viendo las cosas de forma diferente
  12. ¿Qué le espera a usted  ahora?     

Anotaciones

 

Dedicado a todos aquellos niños (jóvenes y mayores) que aún están necesitan encontrar su sitio en nuestro Padre celestial.

“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; de otra manera os lo hubiera dicho; voy, pues a preparar lugar para vosotros” Jesús en Juan 14:2.

                                                                        PRÓLOGO

La historia verdadera de Ian McCormack toca nuestro corazón de forma profunda y es a su vez algo creíble. A pesar de lo familiarizado que estoy con su historia, el leer este librito me hizo cuestionarme el propósito y destino último de mi propia vida y espero que al lector le ocurra lo mismo.

Como médico con experiencia no tengo duda alguna de que Ian murió al ser picado varias veces por medusas Box. La medusa Box es una de las criaturas más venenosas del mundo y la muerte tras su picadura se puede producir en el espacio de cinco minutos. La muerte tiene lugar debido a un fallo respiratorio tras una parálisis en el centro respiratorio del cerebro o consecuencia de disturbios de conducción eléctrica al corazón y la consecuente parálisis del músculo cardiaco. Los pacientes que han sido picados por una medusa Box  frecuentemente quedan inconscientes aún antes de salir del agua.

En mi opinión, Ian McCormack tuvo una parada cardíaca debida a la toxicidad de las picaduras de la medusa Box. Nadie tuvo la culpa de su muerte ya que pasó bastante tiempo antes de pudieran administrarle el antídoto en el hospital, lo que empeoró las cosas.

Lo narrado por Ian en relación con Jesucristo, el Cielo y el Infierno está totalmente de acuerdo con lo descrito en las Sagradas Escrituras. Al igual que lo hicieron los bereanos, deberíamos comprobar si estos sucesos sobrenaturales están de acuerdo con la verdad de la Biblia (Hechos17:11).

Ian sería ordenado Pastor de Iglesia más tarde, en el año 1991 y desde entonces ha viajado por todo el mundo compartiendo esta experiencia que vivió. Es la meta de su vida el que más y más personas vayan al Cielo y no al Infierno y de ahí que viaje tanto haciéndolo de corazón y sin motivos económicos.

Tras escucharle hablar, me impresionó tanto que decidí escribir dos libros junto a él sobre experiencias vividas antes de morir y yo de hecho ahora viajo por muchos países hablando sobre este tipo de experiencias. Es mi deseo que el lector se vea ante la realidad del Cielo y del Infierno para asegurarse de que va a ir al Cielo y a su vez animar a otros a que lo hagan también.

Richard Kent (El Doctor Richard Kent es un médico retirado y ahora también Pastor de Iglesia). El es al autor de “The Final Frontier” y de “Beyond the Final Frontier” obras que relatan 51 experiencias vividas por personas antes de morir.

El lector encontrará más información sobre este asunto y sobre el Doctor Richard Kent y su labor en la página web (www.finalfrontier.org.uk).

*Para encontrar más citas bíblicas consulten las páginas finales del libro.

                                                                

                                                                        CAPÍTULO UNO

                                          LA GRAN O.E.(Experiencia en el extranjero)

 “Hay camino que al hombre parece derecho; empero su fin son caminos de muerte” Proverbios 14:12.

Era el año 1980 y con 24 años cuando decidí embarcarme en una aventura que cambiaría mi vida por completo. Había ahorrado algo de dinero y estaba impaciente por viajar y explorar el mundo. Mi mejor amigo y yo decidimos vender nuestras pertenencias y dirigirnos hacia un safari surfista, para pasar unas “interminables vacaciones de verano”.

Nací y me eduqué en Nueva Zelanda, una bella isla en el Pacífico. Mis padres eran maestros y por ello cambiamos de vivienda a menudo. Tenía dos hermanos y juntos disfrutamos de muchos de los privilegios que niños neozelandeses pueden dar por hecho; tales como el pasar las vacaciones veraniegas en la playa. Desde niño me deleité en el mar.

Hice la carrera de agricultura en la Universidad de Lincoln y trabajé durante dos años como asesor en una granja para la compañía New Zealand Dairy Board. Me encantaba la agricultura y el trabajar al aire libre por lo que dedicaba el mayor tiempo posible a pasatiempos en el exterior. La mayor parte de mis fines de semana la ocupaba haciendo surf, buceando, en excursiones a pie y practicando todo tipo de deportes. Tras estos dos años de trabajo sentí el fuerte impulso de viajar al extranjero, algo muy corriente en los jóvenes neozelandeses que desean vivir esa experiencia afectuosamente denominada como la gran O.E. (Overseas Experience-Experiencia en el Extrangero). Así que me fui con mi tabla de surf bajo el brazo.

                                                                   (FOTO)

                          La foto del pasaporte de Ian junto con los sellos de visado

Primeramente volé a Sidney en Australia e hice surf subiendo por la costa este hasta llegar al Paraíso de los Surfistas. Viajé ligero y me alojé en los sitios más baratos que encontré; pasando mis días sobre las olas en Dee Why, Fosters, Lennox, Heads, Byron Bay y Burleigh Heads.

Hice autostop a través de la zona desértica de Australia hasta Darwin y continué hasta llegar a Bali en Indonesia donde hice surf en el arrecife de Kuta y expuse mi vida al hacer surf en Uluwatu arrecife donde las olas rompen de izquierda a derecha. Visité a su vez unos pocos templos hindús y budistas antes de continuar por tierra a través de Java.

Viajando por Asia, a menudo me preguntaban si yo era cristiano, sería por mi piel blanca que obviamente indicaba que yo era europeo. Esta pregunta me resultaba todo un reto ya que me eduqué en una familia cristiana; pero no estaba seguro si debiera definirme como cristiano.                           

 Crecí como anglicano asistiendo a la Church of England (Iglesia oficial estatal). Recibí la confirmación a los 14 años y asistí a la iglesia dominical y a un grupo juvenil pero aún así nunca tuve una experiencia personal con Dios. Sentí que no le conocía.

Recuerdo como salí  de mi confirmación bastante desilusionado, nada parecía haber cambiado tras haber tomado parte en esta experiencia religiosa. Mi corazón estaba lleno de preguntas, por  lo que le pregunté a mi madre si Dios le había hablado de forma personal a ella. Ella se giró y me dijo: “Dios habla y El es real”. Luego me contó como ella tras haber clamado a Dios al ocurrir una tragedia en su vida, tuvo respuesta por parte de Dios. Le pregunté el porqué Dios no me había hablado a mí y recuerdo su respuesta claramente: “ A menudo tenemos que pasar por algo duro que nos hace humillarnos para que empecemos a buscar a Dios. El hombre es orgulloso por naturaleza”. Pero si  echo la vista atrás, me doy cuenta de que yo era muy orgulloso.

Mi madre me dijo: “No voy a obligarte a ir a la iglesia, pero recuerda esto: Sea lo que sea que hagas con tu vida, vayas donde vayas no importa lo lejos que te sientas de Dios, si estás en un apuro y necesitas ayuda, clama a Dios de todo corazón y El te escuchará. Te oirá y te perdonará. Estas palabras quedarían grabadas en mi mente pero a su vez sentí que al no haber tenido nunca una experiencia con Dios, hubiera sido de hipócritas el volver a ir a la iglesia. El cristianismo era para mí una mera religión y no una relación con Dios.

Continué viajando a través de Java, Singapur y la isla de Tiomen hasta entrar en Malasia y luego ir hacia Colombo en Sri Lanka junto a una holandesa que había conocido de camino. Una vez allí fui costa arriba para hacer surf en la Bahía de Arugun. Tras un mes de olas increíbles se me iba a caducar el visado por lo que decidí volver a Colombo.

Hice amistad con gente Tamil en Colombo, que me acogieron en su casa como si fuera de la familia. Un día viajamos todos juntos hasta la ciudad perdida de Katragarma. Fue en esta ciudad sagrada donde tuvo mi primera experiencia sobrenatural. Al mirar a un ídolo tallado, vi como movía sus labios, algo que me perturbó y que me hizo querer salir de aquella ciudad cuanto antes.

Al vivir con mis amigos Tamil observé que cada día ofrecían comida a su ídolo del hogar, el dios elefante Garnesh. Había días que le ponían ropa, o le bañaban con leche o con agua. Me pareció extraño como alguien pudiera creer que un ídolo de piedra creado por manos humanas, pudiera ser un Dios. Mas un día, al mirar a la estatua de piedra sentí una presencia poderosa pero a su vez diabólica que emanaba de la imagen. Me sorprendió y me intimidó y las siguientes palabras llegaron a mi mente: “No  tendrás otros dioses sino Yo, y no te inclinarás ante ninguna imagen o ídolo” que inmediatamente reconocí  como uno de los Diez Mandamientos de la Biblia (Éxodo 20:4,5). Empecé a reflexionar sobre estas palabras que escuché de niño en la escuela dominical.

Yo estaba buscando “un significado a mi vida” a mi manera. A veces pensé que era ateo, otras que era un libre pensador. Estas experiencias me llevaron a pensar en cosas sobrenaturales pero no tenía entonces el discernimiento suficiente para poder interpretarlas. Quería experimentar todo lo que la vida me ofrecía y en aquella época mi filosofía era el vivir la vida a tope. Nunca llevaba reloj y vivía en una zona atemporal de amaneceres y puestas de sol.

Tras un tiempo volví a la Bahía de Arugam donde estaba ilusionado con formar parte de la tripulación de una goleta llamada “Constelación”. Navegamos de Sri Lanka a la noche, de camino a África y 26 días más tarde llegamos a Port Louis en la isla Mauricio.

Pasé varias semanas viviendo en la Bahía Tamarin de Mauricio entre los pescadores creoles y los surfistas. El hachis (la marihuana) era nuestro punto de conexión, me aceptaron entre ellos y me enseñaron a bucear de noche en los arrecifes del exterior. El bucear de noche es una experiencia increíble. Los ástacos (tipo de pez) salen a la noche y puedes cegarles con tu linterna submarina y así cogerles con la mano sin más. Los peces duermen de noche y simplemente tú decides cuál arponear para ser comido. Era un deporte fantástico y solíamos vender lo que cogíamos al hotel local para turistas.

Tras varias semanas de hacer surf hasta la saciedad en el arrecife de olas que rompen de izquierda a derecha, se me estaban acabando los ahorros por lo que me dirigí a Sudáfrica donde encontré trabajo enseñando a hacer windsurfing y esquí acuático. ¡Qué increíble que me pagasen por ello! Hice surf en la Bahía Jeffrey y en la Bahía Elands y visité también algunas de las reservas salvajes mas mundialmente conocidas de Sudáfrica.

Mi  deseo era el viajar por tierra a través de África subiendo a Europa; pero mis planes cambiarían totalmente al enterarme que mi hermano pequeño iba a casarse. Quería asistir a su boda y es por ello que volví a Nueva Zelanda  pasando por la Isla Reunión, la Isla Mauricio y Australia.

Al hacer una parada en Reunión encontré un increíble rompimiento de olas para hacer surf llamado St Leu donde monté sobre olas estupendas en solitario. De allí fue a Mauricio. Era marzo del 1982 y para entonces llevaba casi dos años viajando, y durmiendo a menudo en la playa con una tienda de campaña y viviendo como un nómada. Era hora de volver a casa.

                                                            

                                                                CAPÍTULO DOS

                                      La Medusa Box

“Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” Salmo 139:16.

De vuelta a Mauricio de nuevo, durante unas pocas semanas, alquilé una casa y volví a ponerme en contacto con mis amigos creoles y a su vez pasé tiempo haciendo surf y buceando de noche.

Una tarde, una semana antes de salir para Nueva Zelanda, un amigo vino a casa y me preguntó si quería bucear con él esa noche. Salí a mi terraza y vi una gran tormenta eléctrica enfureciéndose en el mar. Los flashes de los rayos blancos iluminaban el negro cielo. Me dirigí a mi amigo Simón y le pregunté: “¿Estás seguro? ¿Has visto la tormenta?”. Yo temía que la tormenta trajera a la superficie demasiados rompientes al arrecife y que se volviera peligroso. Pero Simón respondió:” No pasará nada, iremos cinco millas costa abajo a una muy bella parte del arrecife para bucear esta noche. Te sorprenderás de lo bello que es”.

 

Por fin me convenció. Eran las once de la noche. Preparé mis cosas, entramos en la barca y salimos para allí – Simón, otro buceador local, un chico para llevar la barca y yo. Remamos costa abajo al lugar del que nos había hablado Simón. Estábamos a media milla de nuestra isla. La barca estaba parada en la laguna interna y nosotros íbamos a bucear en la parte exterior del arrecife que cae cortado a pico en el océano. Realmente era tan bello como lo había puesto Simón.

Nos introdujimos en el agua, yo fui arrecife arriba y mis dos amigos al contrario. Normalmente solemos bucear juntos pero no sé por qué motivo nos separamos ese día. Andaba en busca de ástacos (tipo de pez) cuando mi linterna iluminó a una extraña criatura marina en la oscura agua. Parecía un calamar. Curiosamente me acerqué nadando y la cogí con mi mano. Tenía guantes de buceo y se me escurrió de las manos como si fuera una medusa. Intrigado la observé flotando y alejándose - ya que era una medusa de aspecto muy extraño. Tenía una cabeza como de calamar en forma de campana pero su espalda tenía la forma de una caja con tentáculos poco comunes, transparentes, como dedos que se extendían hacia fuera. Nunca había visto ese tipo de medusa pero me aparté y continué en mi búsqueda de ástacos.

                                                                 (Foto)

                                                             Una Medusa Box

Al girar mi linterna hacia el arrecife, de repente algo dio contra mi antebrazo, como si se tratara de miles de voltios de electricidad. Me di la vuelta para ver que era. Mi traje de buceo era de manga corta por lo que mis brazos estaban al descubierto. Algo me había rozado y picado con una intensidad increíble. Era como si estuviera de pie encima de cemento mojado, con los pies desnudos y con la mano conectada al enchufe de la  luz. Retrocedí sobresaltado y busque con frenesí con mi linterna para ver que era y donde estaba pero no podía ver lo que me había golpeado.

Igual ¿me había mordido algo o me había cortado en el arrecife? Miré a mi brazo para ver si tenía sangre pero nada, solamente un fuerte dolor. Me froté un poco, mal hecho, ya que favoreció a que el veneno penetrase en mi corriente sanguínea. El dolor parecía haber disminuido por lo que pensé: “Cogeré un átasco y luego volveré a la barca a preguntarle al chico que es lo que me ha picado”. No quería volverme paranoico ya que sabía que él no ser presa de un terror pánico es algo importante para la seguridad del buceador.

Así es que fui a coger un ástaco. Al bucear hacia abajo vi las medusas que había visto unos minutos antes – dos de ellas lentamente y de forma extraña latiendo hacia mí con sus largos tentáculos girando por detrás. Po la rendija del ojo vi que sus tentáculos tocaron mi brazo y de nuevo fui sacudido por un golpe eléctrico sobrecogedor que me dejó K.O en el agua. ¡De repente me di cuenta de lo que me había golpeado por primera vez!.

Yo sabía por mi experiencia en salvamento que hay medusas terriblemente venenosas. De niño tuve fiebre del heno y reacciones alérgicas tan malas como que al picarme una abeja en la pierna- se me inflaba como un globo. Ahora empecé a alarmarme ya que estas medusas me habían picado dos veces. Salí a la superficie luchando por  respirar y levanté la cabeza en busca de la barca. Las nubes de la tormenta se estaban instalando oscureciéndolo todo – apenas podía ver la barca arrecife abajo. Coloqué mi brazo en mi espalda al salir del agua para evitar ser picado de nuevo. Empecé a nadar en dirección al arrecife intentando disipar el terror que sentía. Al nadar sentí que algo se deslizó por encima de mi espalda y de nuevo otro golpe eléctrico atravesó mi brazo. Al mirar vi tentáculos ¡Había sido picado por tercera vez!.

Volví a colocar mi linterna en el agua para estar al tanto del arrecife y para mi desesperación, el rayo de luz iluminó toda una sopa de estas medusas. Pensé: “Si una de estas me golpea el rostro no creo que sea capaz de volver a la barca”; coloqué la linterna cerca de mi cara y nadé como nunca.

Cuando por fin llegué a la barca desesperadamente le pregunté al chico barquero en mi mejor francés y creol si él sabía que eran estas medusas. Como no era buceador no estaba al tanto y señaló a Simón que estaba en el agua; por lo que tuve que entrar en el agua y nadar hasta donde él estaba.

Podía verle bajo el agua y apunté mi linterna hacia él para llamar su atención. Salió a la superficie y exclamó: “Quiero salir fuera del agua”. Al poner mi cabeza dentro del agua para nadar de vuelta a la barca otra medusa emergió delante de mí, tenía que elegir- o mi cara o mi brazo. Levanté mi brazo y recibí otro choque agonizante. Después luché por salir al arrecife que estaba cubierto por  dos pies de agua. Permanecí de pie allí con mis aletas puestas, contemplando mi brazo que estaba ahora hinchado como un globo y con lesiones en la piel que parecían ampollas de quemaduras – como si por donde los tentáculos habían pasado lo hubieran quemado como si se tratase del fuego de una cocina económica.

Mientras lo miraba, mi amigo Simón vino hacia mí caminando con sus aletas puestas. El llevaba un traje de buzo de cuerpo entero ya que se criaron en los trópicos y el agua aquí les parecía fría. Miró mi brazo y luego me miró a mí preguntándome sin respiración: ¿Cuántas? ¿Cuántas veces te han picado? Le contesté: “Creo que cuatro”. Me dijo: “¿Invisible? ¿Era transparente?” Le respondí: “Sí, parecía invisible”. Simón bajó la cabeza y dijo una palabrota. Luego dijo: “Una sola picadura ya acaba contigo, una solamente”. Puso la linterna en su rostro y vi en él la gravedad de la situación. Dije: “Bueno, ¿Y qué puedo hacer con cuatro picaduras en mi brazo?”.

A Simón le estaba entrando el pánico y yo empecé también a preocuparme ya que él llevaba años buceando y yo confiaba en sus conocimientos del mundo marino. “Tienes que llegar al hospital” me dijo. “Vete, vete rápido”. El hospital principal estaba a 15 millas, y yo estaba a media milla de tierra. Podía escucharle decir: “vete” pero me sentí paralizado de pie allí. El estaba intentando meterme en la barca. Al empujarme, me di cuenta de que mi brazo derecho estaba totalmente paralizado y yo no podía sacarlo del agua. En aquel momento, al tratar de sacarlo del agua, una quinta medusa pasó nadando por mi brazo con la consiguiente lesión a mi ya desfigurado brazo.

En mi interior pensé: “¿Qué he hecho yo para merecerme esto? Mis  pecados  vinieron  entonces a mi mente.  En un instante supe que había hecho cosas que no debería haber hecho. Había hecho cosas que merecían que esto me ocurriese. Uno no se libra de nada.

Mis dos amigos levantaron la barca por encima del arrecife conmigo dentro- lo que hacía que su base se desgarrase. Era una barca de madera y era su forma de vida también por lo que supe que la situación era muy grave para que ellos llegasen a hacer esto. Levantaron la barca y la metieron en la laguna nadando, intentando empujarla. Les dije que montasen conmigo pero me dijeron que iba a pesar demasiado con todos dentro y que sería mejor que el joven me llevase hasta la orilla. El tuvo que empujar la barca con una pértiga para llegar hasta la orilla.

Era como que yo estuviese quemándome. Podía sentir el veneno a través de mis venas golpeando algo bajo mi brazo – una glándula linfática. Cada vez me resultaba más difícil respirar con mi pulmón derecho oprimido por mi traje de buzo que tuve que desatar y quitármelo con mi brazo izquierdo para poder ponerme unos pantalones mientras no podía moverme. Tenía la boca seca y sudaba mucho. Podía sentir como el veneno se movía y tuve un fuerte dolor en la espalda como si alguien me hubiese golpeado en los riñones y yo intentando moverme y que no me entrara el pánico. Estábamos a medio camino de la orilla y el veneno estaba latiendo y moviéndose a través de mis venas.

Hasta entonces nunca me había preocupado de cómo circulaba la sangre, ¡pero no ahora!.

El veneno estaba ahora paralizando mi pierna derecha en su totalidad y comprendí que si esta parálisis subiera a mi corazón o a mi cerebro, tendría graves problemas.  Llegando ya a la orilla mi visión estaba volviéndose borrosa y desenfocada.

Al llegar a la orilla me puse de pie para salir de la barca pero mi pierna derecha se desplomó cayendo yo al fondo de la barca encima de los ástacos (peces). El joven se apartó un poco asustado y me indicó que pusiera mi brazo alrededor de él; lo que hice, y me mantuve agarrado a él. Me arrastró fuera de la barca y luego por la playa de arena coraliza hasta subirme a la carretera principal.

Sería medianoche y todo estaba solitario, sin coche ni nada. Yo agarrándome al joven y preguntándome como iba a ser posible llegar a un hospital a tales horas de la noche. Me sentí tan débil en mi pierna derecha que me senté en el asfalto. El joven intentó ayudarme, pero por fin empezó a señalar al océano y a decirme: “Mis hermanos, necesito recogerles”. Le dije que no, que se quedase y que me ayudara. Yo sabía que los demás podrían nadar desde el arrecife ya que las medusas estaban al otro lado – pero decidió marcharse y me dejo solo en la cuneta en medio de la noche. Se agotó mi esperanza y me tumbé para descansar.

                                                                   (Foto)

                      Riviere Noire donde la barca amaró y donde Ian se quedó solo

 

                                                    

                                                                            CAPÍTULO TRES

                                    La Prueba de Aguante

“Cuando mi espíritu se angustiaba dentro de mí, tú conociste mi senda. En el camino en que andaba, me escondieron lazo. Miraba a la mano derecha, y observaba; mas no había quien me conociese; no tuve refugio, no había quien volviese por mi vida” Salmo 142:3,4.

El cansancio era superior a mí mientras contemplaba las estrellas. Estaba a punto de cerrar mis ojos y dormirme cuando escuché una clara voz que me decía: “Ian, si cierras tus ojos nunca más despertarás”. Miré a mi alrededor para ver quién era, pero no vi a nadie. Me asusté, me quité el sueño y pensé: “¿Qué estoy haciendo?” No puedo dormirme aquí, necesito llegar al hospital, necesito un antídoto y ayuda también. Si me duermo aquí, puede que no vuelva a despertarme”.

Intenté ponerme de pie de nuevo. Pude andar cojeando carretera abajo hasta encontrar un par de taxis aparcados en una gasolinera, al lado de un restaurante. Cojeé hasta llegar hasta donde los taxis y les supliqué que me llevasen al hospital. Me miraron y dijeron: “¿Cuánto nos pagarás?” Así que les dije: “No tengo dinero” hablándome a mí mismo en voz alta. Luego me di cuenta de que había sido una locura el haberles dicho que no tenía dinero. Podía haberles mentido pero no lo hice, simplemente dije la verdad. No tenía dinero. Y los tres conductores se rieron: “Estás borracho, estás loco”. Se dieron la media vuelta, encendieron sus cigarrillos y empezaban a marcharse.

                                                                (Foto)

                       La gasolinera donde Ian suplicó por su vida

De nuevo oí una clara voz que me decía: “Ian, ¿Estás dispuesto a suplicar por tu vida?” ¡Por supuesto que sí! y sabía cómo hacerlo también. Había vivido en Sudáfrica lo suficiente para saberlo. Había visto a hombres de color colocando sus manos juntas e inclinando sus cabezas ante hombres blancos mientras les decían: “Sí mi jefe, sí mi Señor”.

Finalmente pude arrodillarme ya que mi pierna derecha estaba ya paralizada y mi izquierda muy insegura. Estaba de pie apoyándome en el coche y simplemente me deslicé sobre mis rodillas y con mis manos juntas bajé mi cabeza y les supliqué casi llorando. Yo sabía que si no iba al hospital no habría solución. Si estos individuos no tuvieren compasión, amor y misericordia hacia mí, yo me hubiera muerto allí mismo.

Por lo que les rogué y supliqué y con mi cabeza inclinada observé sus pies. Dos de ellos se marcharon sin más, pero pude ver que un hombre joven movía sus pies de forma indecisa durante un tiempo que se me hizo interminable; pero luego vino hacia mí y me levantó. No habló sino que me ayudó, me metió en su coche y salimos.

Sin embargo, a medio trayecto cambio de idea y me preguntó: “¿En qué hotel te hospedas hombre blanco?” le contesté que no vivía en un hotel sino en un bungalow en Tamarin Bay. El creyó que le estaba mintiendo y se enfadó, sospechando que no recibiría ni un duro después de todo. “¿Cómo conseguiré mi dinero? replicó. “Te daré todo lo que tengo”. Cuando tu cabeza está en la picota, el dinero pierde su valor. Le dije: “Te daré todo el dinero que quieras si me llevas al hospital, te lo daré todo”. Pero él no me creyó.

Por lo que cambió de idea y me llevó a un hotel de turistas y me dijo: “ Te dejaré aquí, no te voy a llevar”. Le rogué que me llevase pero se inclinó hacia mí, desabrochó mi cinturón de seguridad y abrió la puerta del coche. “Sal fuera” me exigió, pero yo no podía salir, apenas podía moverme por lo que él tendría que empujarme hacia afuera.

Mis piernas quedaron atrapadas en la puerta así que las levantó y las sacó hacia fuera, dio un portazo y se marchó. Permanecí tumbado allí y pensé: “Este mundo apesta. He visto muerte, odio, violencia; esto es el infierno, esto es el infierno en la tierra. Este mundo en el que vivimos está sucio y enfermo”. Permanecí allí en total desesperación pensando: “¿Para qué ir al hospital? Si me ha llegado la hora, tengo que aceptarlo y morir”.

Me vino a la mente la figura de mi abuelo que pasó la Primera y Segunda Guerras Mundiales. Estuvo en Galípoli y luchó en Egipto contra Rommel. Me acordé de esto y pensé en cómo mi abuelo había sobrevivido dos guerras mundiales y aquí estaba yo si nieto dándome por muerto tras haber sido picado por cinco despreciables medusas. El pensar en él hizo revivir mi ánimo y me propuse no morir sin antes hacer todo lo posible por conseguir ayuda. Utilizando el único brazo que todavía funcionaba, intenté arrastrarme hacia la entrada del hotel. Vi que había luz. Para mi sorpresa, los guardas de seguridad estaban haciendo su ronda y sus linternas me apuntaron arrastrándome en la suciedad.

Un hombre vino corriendo hacia mí. Levanté la vista y le reconocí como uno de los compañeros  del bar. Era un hombre de color llamado Daniel, un hombre generoso y amable. Vino corriendo y me preguntó: “¿Qué te pasa?” ¿Estás borracho? ¿Estás más que borracho? ¿Qué tienes que no estás bien?”. Me levanté la camiseta para enseñarle mi brazo y pudo ver las ampollas y la hinchazón. Rápidamente me recogió en sus brazos y corrió.

                                                                    (Foto)

                                            Ian y Daniel fuera del hotel en 1994

Fue como si un ángel me hubiera cogido. Corrió hacia dentro pasando por la piscina y me dejó caer en una silla de mimbre. Tres metros más allá los dueños chinos del hotel estaban bebiendo y jugando al mahjong. Todos los turistas estaban ya en la cama, el bar estaba cerrado pero ellos seguían jugándose el dinero.

Daniel me dejó allí y de nuevo desapareció en la oscuridad. Me pregunté donde habría  ido pero luego me di cuenta de que a un hombre de color no le estaba permitido hablarle a un chino en este país a no ser que le pidieran que hablase. Yo mismo iba a tener que intentar comunicarme con estos chinos así que levanté la manga de la camisa y les mostré mi miembro hinchado y con ampollas, y les dije: “Necesito ir al hospital Quartre Bonne de inmediato. Me han picado cinco medusas”. Incluso hablé algo de chino. Se rieron.

Uno de los jóvenes se levantó y dijo: “Un chico blanco, la heroína no es buena para ti, solamente los mayores pueden tomar opio”. El pensó que yo estaba en un trip al haberle enseñado mi brazo y de lejos parecía como si yo me hubiese inyectado droga.

Me sentí furioso y frustrado ante esto. Me mantuve allí intentando mantener la calma porque sabía que si me agitaba demasiado el veneno se extendería por mis venas con más rapidez. Mi brazo derecho empezó a temblar, moviéndose nerviosamente de forma extraña entre los nudillos de los dedos, con espasmos. El movimiento nervioso subió a mi brazo, a mi cara y mis dientes comenzaron a castañetear.

Pronto todo mi cuerpo, cada músculo empezó a moverse de forma nerviosa y a contraerse con sacudidas de muerte que me apartaban de mi siento con cada contracción a medida que el veneno reaccionaba en mis músculos. Los chinos vinieron corriendo hacia mí y los tres intentaron mantenerme quieto pero no pudieron, yo podía tirarles a todos.

Cuando terminó este increíble movimiento nervioso, un frío de muerte me invadió hasta la médula de mis huesos. En realidad, yo podía ver como si una oscuridad se deslizara lentamente por el interior de mis huesos. Era como si la muerte me estuviese invadiendo. Yo sabía que mi cuerpo estaba muriéndose en mi presencia. Tenía un frío increíble.

Los hombres comenzaron a cubrirme con mantas por todo para mantener el calor en mi cuerpo. Uno de ellos intentó que tomase leche creyendo que yo había tragado algo tóxico. Pude ver un vehículo en el parking del hotel. Sabía de quién era ya que a menudo me había pasado y tocado el claxon mientras yo hacía auto-stop para ir de un sitio a otro. Le supliqué que me llevase en su coche al hospital pero se negó a hacerlo. El quería esperar a que llegase una ambulancia. Estaba tan furioso que quise pegarle pero no podía mover ninguno de mis brazos. Pensé en golpearle con mi cabeza pero era consciente de que la adrenalina necesaria para hacerlo me hubiera matado a mí.

En un tiempo corto llegó la ambulancia y de no sé donde apareció Daniel junto a otro hombre. Me cogieron en brazos y cargados conmigo corrieron hacia afuera. Me di cuenta entonces que Daniel había ido directo a la centralita a llamar al hospital.

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                                                                   El Hotel Tamarin Bay

La ambulancia llegó chillando con su focos barriendo el aparcamiento de coches, dio la vuelta delante del hotel y ¡salió pitando!. El conductor de la ambulancia pertenecía a un hospital de gente de color por lo que al no ver a nadie a quien recoger delante del hotel de los chinos pensó que se había equivocado de sitio.

Y allí estaba yo, desesperado, a mitad de camino de la entrada y la ambulancia dándose la vuelta. Intenté silbarle pero mi boca estaba tan seca que no salía nada. Daniel vio lo que yo estaba intentando hacer y silbó con todas sus fuerzas ya que hizo eco en la pared y carretera abajo.

El conductor de la ambulancia tuvo que haber tenido la ventanilla bajada ya que las luces de frenado se encendieron y para mi gran consuelo echó marcha atrás. La ambulancia era un viejo Renault 4 con el asiento delantero quitado y en su lugar una camilla. Ya ven ustedes ¡esa era la ambulancia! Pero no me importó en qué tipo de vehículo ir sino el  llegar al hospital.

El conductor ni se bajó del vehículo sino que se inclinó por la ventanilla, abrió la  puerta y Daniel me dejó caer en la camilla. Nada de ¿Cómo está tu madre? ¿Cómo estás? ¿Quieres una manta? ¿Qué te pasa? El simplemente era el conductor y se puso en marcha. Intenté no cerrar los ojos ya que sabía que debía mantenerme despierto hasta conseguir el antídoto. ¡Ahí si solamente pudiera llegar vivo al hospital!.

                                                               

                                                                         CÁPITULO CUATRO

                                           El Padrenuestro

Estábamos a medio camino del hospital y el Renault subiendo una cuesta cuando mis pies se levantaron en el aire y el veneno de mis venas empezó a ir directo a mi cerebro. Me llegó la visión de un niño pequeño con la cabeza con nieve y luego tuve otro flash de un chico ya más mayor con el pelo blanco.

Al contemplar la visión pensé: “¡Caramba, tiene el pelo blanco!” y de repente me vino a la mente que a quien estaba viendo era a mí mismo, como si delante de mí estuvieran echando la película de mi vida. Fue una experiencia espantosa, como si alguien hubiese puesto un video de mi vida, claro como el agua y yo con los ojos totalmente abiertos. Miré y pensé: “He oído hablar de esto, e incluso leído acerca de ello”. La gente dice que antes de morir, uno ve flashes de su vida que pasan por su mente”.

Mis pensamientos se aceleraron “Soy demasiado joven para morir, ¿por qué fui a bucear? Qué idiota fui. Tenía que haberme quedado en casa”. Ahora supe que estaba ante la muerte. Con latidos de corazón casi inaudibles y tumbado allí me pregunté qué sucedería si me muriese. ¿Hay vida después de la muerte? ¿A dónde iría tras morir?

Fue entonces que me llegó la visión de mi madre como si ella estuviese diciéndome aquellas palabras que me dijo tiempo atrás: “Ian, no importa lo lejos que te encuentres de Dios, no importa todo lo malo que hayas hecho, si clamas a Dios de todo corazón, El te escuchará y te perdonará”.

Pensé en mi interior: “¿Creo yo que hay  Dios? ¿Voy  a orar? Ya que me había convertido casi en un devoto ateo. Aún así, me vi ante  la visión de mi madre en ese momento.  ! Qué poco sabía yo que justo entonces alguien había despertado a mi madre en Nueva Zelanda en el momento en el que yo estaba experimentando el acercarse a la muerte!

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                                                              La madre de Ian

Dios le había mostrado mis ojos enrojecidos y le había dicho: “Tu hijo Ian está muriéndose. Ora por él ahora”. Por lo que ella comenzó a orar en el momento en el que yo me encontraba tumbado en la ambulancia.

Por supuesto que sus oraciones no podían salvar mi alma, ella no podía enviarme al Cielo, supe que era yo quien en ese momento debía orar, aunque no sabía el cómo y a quién orar. ¿A qué Dios orar? ¿A Buda? ¿A Kali? ¿A Shiva? Hay miles de ellos. Pero no fue a Buda, ni a Krihna o a ninguno otro dios u hombre al que vi delante de mí, sino a mi madre –y mi madre seguía a Jesucristo.

Me pregunté el que orar ya que no lo había hecho durante años. ¿Qué ora uno en este tipo de situación? ¿Qué ora uno antes de morir? Entonces recordé que de niño mi madre nos enseño el Padrenuestro. “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea Tu nombre, venga a nosotros Tu reino, hágase Tu voluntad así en la tierra como en el Cielo …” De niño ¡Solía hacer carrera con mis hermanos para ver quien lo decía más rápido!.

Era la única oración que yo conocía y empecé a orar pero no recordaba el cómo iba. Era como si el veneno que había corrido rápido a mi cerebro me imposibilitara el pensar, estaba apagando mi cerebro y era aterrador. Yo había dependido tanto de mi mente y de mi intelecto en mi vida y ahora de repente mi mente estaba muriéndose. Un blanco total. Nada.

Allí tumbado recordé como mi madre me dijo que no orase con la cabeza sino con el corazón por lo que le pedí a Dios que me ayudase a orar. De inmediato, esta oración salió de mis entrañas, de mi espíritu y oré: “Perdona nuestros pecados” y continué:”Dios, te pido que me perdones mis pecados aunque sé que he hecho tantas cosas mal. Sé que han estado mal. Mi conciencia me dice que es algo mal hecho. Si Tú puedes perdonarme mis pecados y no sé cómo podrás hacerlo – no tengo ni idea de cómo puedes perdonarlos pero por favor, perdona mis pecados”. Y lo dije de todo corazón. Quería borrar todo lo pasado, empezar de nuevo. “Dios, perdóname”.

Al orar esto me llegó la otra parte de la oración que dice:”Perdona a los que han pecado contra ti”. Comprendí que debía perdonar a los que me habían hecho daño y pensé: “No guardo rencor hacia nadie. Hay montones de personas que se han aprovechado de mí y que me han dado una puñalada trasera y que han dicho cosas malas de mí- Les perdono a ellos”.

Escuché entonces esta pregunta: “¿Vas a perdonar al indio que te empujó fuera del coche y a los chinos que no quisieron llevarte al hospital? Pensé: “! Ni de broma! Tengo algo distinto preparado para ellos”. Pero mi oración no podía continuar. Supe que me encontraba entre la espada y la pared y pensé: “De acuerdo, les perdono. Si Tú me perdonas, yo puedo también perdonarles. Les perdonaré y nunca jamás les haré daño”.

Me llegó la siguiente parte de la oración: “Sea hecha Tu voluntad”. Yo había lo mío durante los últimos veinte años y dije: “Dios, yo no sé cuál es Tu voluntad. Sé que no es el hace cosas malas, pero no tengo ni idea de cuál es Tu voluntad. Si salgo de esta, buscaré cuál es Tu voluntad para mi vida y haré Tu voluntad. Pondré un interés especial en seguirte de todo corazón si salgo de esta”.

En aquel tiempo no comprendí que esta oración era para salvar mi alma. No fue algo dicho con mi mente sino algo dicho de corazón, pidiéndole a él: “Dios, perdona mi iniquidad y lo que he hecho mal. Dios, límpiame. Dios, perdono a todos aquellos que me han hecho daño. Y Jesús, hará Tu voluntad – que Tu voluntad sea hecha. Te seguiré”. Había orado la oración de un pecador, era una oración de arrepentimiento hacia Dios y el orar aquella oración fue fundamental en todo lo demás que iba a sucederme.

Una increíble paz entró en mi corazón. Es como si el temor se disipase, el temor a lo que iba a ocurrir. Aún así yo estaba muriéndome y yo lo sabía pero tenía paz al respecto. Había hecho las paces con mi Creador y lo supe. Por primera vez en mi vida, supe que tenía relación con Dios y que El estaba realmente escuchándome. Nunca anteriormente le había oído pero ahora estaba oyéndole hablar conmigo. Nadie más podría haberme dado el Padrenuestro para que orase.

                                                             

                                                                        CAPÍTULO CINCO

                                    La liberación decisiva

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” Mateo 7:13,14.

La ambulancia giró la calle y entró al hospital. Finalmente ¡lo había logrado! El conductor me levantó para colocarme en una silla de ruedas y llevarme rápido a urgencias. Una enfermera empezó a tomarme la tensión arterial y yo sentado mirándole mientras miraba a la aguja y la golpeaba. Yo pensé: ¿Qué clase de hospital es éste? Era un viejo hospital de la Segunda Guerra Mundial que los británicos habían desalojado y entregado a la gente creol. Edificado en 1945 y sin haber recibido muchas reformas desde entonces. Estaba sucio y era decrépito pero era donde me encontraba yo.

La enfermera golpeó de nuevo el indicador y se dio cuenta de que no era que fallase, sino que el problema estaba en que mi corazón no latía lo suficientemente fuerte como para ser detectado con el aparato. Arrancó el indicador y revolvió todo el armario intentando buscar uno más nuevo. Sacó uno y lo colocó. Lo abrió y empezó a inflar. Me miró y miró luego a la máquina. Yo tenía los ojos abiertos pero supe que ella estaba cavilando el porqué de tenerlos abiertos. Con ese nivel de tensión los ojos deberían estar cerrados. Yo me mantuve ahí de forma desesperada ya que más me valía hacerlo. Estaba luchando con todas mis fuerzas por mantenerme vivo.

                                                               (Foto)

                                                     Ian afuera del hospital en 1994

Así que el conductor de la ambulancia, viendo que la situación era desesperada, arrancó el indicador de mi brazo y me llevó pitando hasta donde estaban los médicos. Dos médicos hindúes sentados allí, los dos medio dormidos, con sus cabezas gachas. Uno me preguntó en francés. ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? ¿Qué edad tienes? Era un médico joven y ni me miró. Miré al médico de más edad con el pelo un poco gris y pensé: “Ha tenido experiencia de la vida, quizás pueda ayudarme”. Por lo que esperé.

El médico joven dejó de hablar y levantó la vista. No me molesté en mirarle sino que esperé a que el de más edad levantara la cabeza, lo que hizo. No estaba seguro de que me quedasen fuerzas para poder hablar. Le miré a los ojos y le eché la mirada más profunda que pude. Susurré: “Voy a morirme, necesito un antídoto ahora mismo”. No se movió. No le quité la vista, el simplemente estaba mirándome fijamente.

La enfermera vino con un trozo de papel. El médico mayor lo miró, me miró a mí y pegó un salto. Pude verle apretar el papel con aversión. Empujó al conductor de la ambulancia a un lado, cogió él mismo mi silla de ruedas y comenzó a correr pasillo abajo. Pude escucharle chillar algo pero el ruido se convirtió en un sonido sordo para mí. Mis sentidos estaban apagándose.

El médico corrió dentro de una habitación que tenía botellas y equipo médico. Un minutos más tarde yo estaba rodeado de enfermeras, médicos y enfermeros. ¡Por fin se estaban moviendo las cosas! Una enfermera me dobló el brazo y me colocó el suero. El médico más cercano a mí me decía: “No puedes oírme pero vamos a intentar salvarte la vida. Mantén los ojos abiertos … venga hijo, lucha contra el veneno. Inténtalo y mantente despierto, te estamos poniendo dextrosa para hidratarte”.

El médico les decía a las enfermeras: “Antídotos para contrarrestar el veneno” en su inglés de Oxford. Una enfermera me pinchó con una aguja en un lado y otra lo hizo al otro lado. No podía sentir nada pero sí podía verles hacerlo. Otra enfermera se arrodilló a mis pies, golpeando mi mano con todas sus fuerzas. “¿Qué está haciendo? Pero no me importaba nada ¡meterme agujas sin más!

Detrás de mí, una enfermera llenó una gran jeringa como las que se ponen a los caballos y le sacó el aire. Intentó introducirla en mi vena pero no pudo encontrarla por lo que me levantó la piel, introdujo la aguja y empezó a infiltrar el líquido. Mi vena se hinchó como un globo pequeño. Pude notar lo nerviosa que estaba ya que la aguja dentro de la vena parecía moverse tanto que quizás hasta pudiera desgarrarla.

Dejó la aguja donde estaba y alguien le dio otra aguja que de nuevo hinchó la vena. La enfermera miró al médico y le preguntó: “¿Otra?” El médico asintió así que lo intentó con otra, esta vez masajeando la vena – pero la vena se le escapaba del dedo. No pudo introducir el antídoto en la sangre, no había movimiento alguno.

Obviamente, mi corazón no estaba bombeando suficiente sangre al cuerpo. Mis venas estaban colapsándose. Estudié ciencias veterinarias en la carrera por lo que tenía conocimientos básicos de fisiología y anatomía. Comprendí lo que sucedía pero no podía hacer nada al respecto. Entendí que estaba entrando en coma.

Estaba totalmente paralizado y mi corazón apenas bombeaba y al mirar las agujas sentí que me iba cada vez más. Ya no podía comunicarme, no podía decir nada pero aún así podía oír todo lo que decían de mí y a mí alrededor.

No tenía ni idea de que lo que me había picado era una medusa Box o avispa de mar. La medusa box destila el segundo veneno más mortal para el hombre. Solamente en la zona de Darwin han muerto 60 personas de una sola picadura en los últimos 20 años. Durante seis meses del año, colocan un letrero con una calavera con huesos en las playas de Darwin para evitar que los bañistas se metan al agua a nadar. Yo tenía las suficientes toxinas como para haberme muerto 5 veces. Normalmente, la persona picada fallece a los 15 minutos y yo ahora tenía la picadura no ya en un músculo sino en mis venas.

El médico me decía que no tuviese miedo pero yo pude ver la paranoia en sus ojos. Me colocaron en una cama con el suero puesto que hidrataba mi cuerpo y empecé a sudar en la frente. El médico me quitó pero luego desapareció durante unos pocos minutos. Tumbado allí pude sentir el sudor adentrándose en mis ojos como si fueran lágrimas que enturbiaron mi vista.

Sabía que tenía que mantener mis ojos abiertos. Deseaba que el médico volviera para quitarme el sudor de la cara pero no lo hizo. Intenté hablar pero mis labios no se movieron. Intenté girar mi cabeza pero no se movía. Comprimiendo mis pestañas logré quitar parte del sudor. Funcionó durante un poco de tiempo y de repente suspiré como un respiro de liberación - y supe que algo había pasado.

                                                            

 

                                                                          CAPÍTULO SEIS

                                            La Oscuridad

“Porque la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas” Juan 3:19.

“Más los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera: allá será el lloro y el crujir de dientes” Mateo 8:12.

Sentí que había sido liberado, la batalla por mantenerme vivo había ahora terminado y supe también que había ido a otro lugar. No era como cuando cierras los ojos y te duermes sino que sabía que había ido a un sitio concreto. Durante los 20 minutos anteriores, en el hospital, me sentí como que me estaba alejando, como que flotaba – peor al cerrar los ojos ahora ya no estaba flotando sino que me había ido.

La Biblia nos dice en Eclesiastés que al morir el hombre, su espíritu vuelve a Dios – quien es El que se lo dio al hombre y que su cuerpo vuelve al polvo del que vino. Bueno, yo sabía que mi espíritu se había ido a algún lugar, pero no sabía que yo había muerto.

Parecía como si hubiese llegado a un lugar grande y ancho como la entrada de una cueva totalmente oscura. Estaba de pie – como si me hubiese despertado  de un mal sueño en casa de otra persona y me preguntaba donde estaba todo el mundo. Intenté buscar el interruptor de la luz pero no pude encontrarlo. Me pregunté el por qué el médico había apagado la luz. Intenté tocar algo buscando una lámpara pero no pude encontrarla.  Entonces me di cuenta de que no podía encontrar mi cama. Me estaba moviendo por todo sin tropezarme con nada – no podía notar nada tangible.

Me esforcé por ver donde estaba, intentando orientarme en mi nuevo lugar. Estaba tan oscuro que no podía ver ni mi mano y hacía un frío terrible. Levanté mi mano para ver si podía ver algo y pasó por donde hubiera estado mi cara sin más. Era una experiencia aterradora. Supe entonces que era yo, Ian McCormack de pie allí, pero sin un cuerpo físico. Tuve la sensación y el sentir de que poseía un cuerpo pero que no podía tocarlo.

Yo era ahora un cuerpo espiritual y mi cuerpo físico había muerto – pero yo estaba vivito y coleando y totalmente consciente de que tenía brazos, piernas y cabeza pero ya no era posible tocarlas. Dios es un espíritu, un ser espiritual invisible y hemos sido creados a Su imagen.

“¿Pero dónde estoy?” pensé yo. Permanecí allí en la oscuridad y sentí el terror más frío y horrible nunca experimentado anteriormente. Quizás el lector haya caminado alguna vez de noche en una calle solitaria o vuelto a casa en la oscuridad o haya sentido como que alguien le estuviera observando. ¿Lo ha sentido alguna vez? Bien, comencé a sentir como que algo malo me estuviera invadiendo en la oscuridad. La oscuridad parecía estar rodeándome. Supe que estaba siendo observado. Una invasión espantosa parecía impregnar el aire a mí alrededor.

Poco a poco me di cuenta de que había gente moviéndose a mí alrededor, y que se encontraban en mi misma situación.  Sin decir palabra, ellos empezaron a responder a mis pensamientos. Desde la oscuridad escuché una voz que me chillaba: “¡Cállate!” Al apartarme, otra me gritó: “Te mereces estar aquí”. Levanté mis brazos para protegerme y pensé entre mí: “¿Dónde estoy?” y una tercera voz me gritó: “Estás en el Infierno, cállate ahora”. Estaba aterrorizado – con miedo a moverme, a respirar o a hablar. Me di cuenta de que igual me merecía el estar en este lugar.

Hay veces en que la gente tiene la idea de que el Infierno es como ir de guateque. Yo mismo pensaba eso. Yo creía que en el Infierno, uno podría hacer todo aquello que se supone que no debe hacer en la tierra. Qué lejos de la realidad. El lugar en el que me encontraba yo era el lugar más terrorífico nunca experimentado por mí. Las personas que estaban allí no podían hacer nada de lo que deseaban hacer sus malos corazones. No podían hacer nada. Y no hay nada de lo que hacer alarde tampoco. No hay nada que decir cuando sabes que el juicio está cerca.

No eres consciente de la hora en aquél lugar. Las personas allí no pueden saber la hora en la que viven. No pueden decir si llevan allí 10 minutos, 10 años o 10.000 años. No eres consciente del paso del tiempo. Era un sitio espantoso.

La Biblia nos dice que hay dos reinos, el Reino de la Oscuridad gobernado por Satanás y el Reino de la Luz. El libro de Judas nos indica que el lugar de la oscuridad en realidad fue preparado para los ángeles que desobedecieron a Dios, pero no para las personas. Es el sitio más aterrador y de más miedo en el que jamás me haya encontrado. No lo desearía ni a mi peor enemigo.

No tenía ni idea de cómo salir de aquel sitio. ¿Cómo sale uno del Infierno? Pero yo había orado ya y me pregunté el por qué de encontrarme allí. Había orado antes de morir y pedido a Dios que me perdonase mis pecados. Ahora estaba llorando y clamé a Dios: “¿Por qué estoy aquí, te pedí que me perdonases, por qué estoy aquí? Mi corazón acudió a Ti a pedirte ayuda, ¿por qué estoy aquí?

Fue entonces que una luz brillante me alumbró y literalmente sacó de la oscuridad. La Biblia nos dice en el libro de Isaías que una gran luz ha brillado en la oscuridad, en aquellos que caminaban en la sombre de muerte y que los ha guiado a caminos de paz y de justicia. De pie allí, un increíble rayo de luz horadó la oscuridad por encima de mí  e iluminó mi rostro. La luz comenzó a rodearme y me inundó de una sensación de ingravidez. Me elevé desde el suelo y comencé a ascender adentrándome en esta luz blanca brillante como si se tratara de una mota de polvo flotante en medio de un rayo de sol.

                                                               

                                                                        CAPÍTULO SIETE

                                                 La Luz

“Porque Dios que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” 2 Corintios 4:6.

Al mirar hacia arriba pude ver cómo estaba yendo hacia una abertura de forma circular que estaba por encima de mí – un túnel. No quise mirar hacia atrás por si volvía de nuevo a la oscuridad. Estaba feliz  al haber salido de aquella oscuridad.

Al entrar en el túnel vi que la fuente de luz emanaba desde el final del túnel. Parecía tener un brillo inexplicable cómo si se tratase del centro del universo, de la fuente de toda luz y poder. Era más brillante que el sol, más radiante que cualquier diamante, más luminosa que un rayo láser. Aún así uno podía mirar en su interior. Al mirar, fui literalmente llevado a ella, al igual que de una polilla que es atraída ante la presencia de una llama. Estaba siendo empujado a través del aire a una velocidad increíble hacia el final del túnel – hacia donde originaba la luz.

A medida que viajaba por el aire pude ver sucesivas ondas de mayor intensidad de luz, que partían de la fuente y que empezaban a viajar túnel arriba hacia mí. La primera onda de luz despidió un increíble calor y consuelo. Era como si la luz no fuera algo simplemente físico sino que era “una luz que poseía vida”, que transmitía emociones. La luz entró en mi interior y me llenó de amor a la vez que me hizo sentirme aceptado.

Otra luz que estaba debajo de mí, entró en mí. Esta luz exhaló una paz total y completa. Durante muchos años yo había estado buscando el tener “paz en mi mente” pero solamente la había conseguido durante breves momentos. En el colegio, había leído a muchos autores literarios desde Keats hasta Shakespeare siempre intentando lograr esa paz. Había probado la bebida, los estudios, el deporte, las relaciones con mujeres, las drogas. Lo probé todo para intentar conseguir esa paz y el estar contento pero nunca lo logré. Ahora, de la cabeza a los pies, estaba inmerso en una paz total.

En la oscuridad, no había podido ver mis manos delante de mí pero ahora podía mirar a mi derecha y ver mi brazo y mi mano – aunque  a su vez era invisible y capaz de ver a través de ellas. Yo era transparente cómo un espíritu y solamente mi cuerpo estaba lleno de luz la cuál brillaba también sobre mí desde el otro lado del túnel. Era como si estuviera lleno de luz.

Una tercera onda partió de la principal fuente de luz a medida que yo me acercaba al final del túnel. Esta onda me golpeó y fue entonces que sentí una alegría total en todo mí ser. Era tan excitante que tuve la certeza ahora de que lo que se me venía encima iba a ser la experiencia más increíble de toda mi vida.

Jesús murió para rescatarnos del lugar del que acababa de salir, El resucitó y subió al Cielo y está sentado ahora a la diestra del Padre, habiendo sido glorificado, estando rodeado de luz y en El no hay oscuridad. El es el Rey de la Gloria, el Príncipe de Paz, el Señor de Señores y el Rey de Reyes.

Lo que yo vi en ese momento considero que fue la gloria del Señor. En el Antiguo Testamento de las Sagradas Escrituras, Moisés subió al Monte Sinaí y vio la gloria del Señor. Al bajar del monte, su rostro brillaba tanto con la gloria del Señor que tuvo que colocarse un velo para que la gente no tuviese miedo. El había visto la luz de Dios, la gloria de Dios. El apóstol Pable fue cegado por una luz gloriosa de camino a Damasco, la gloria de Jesús. Y yo estaba ahora de pie allí contemplando esta increíble luz y gloria.

Al estar allí, llegaron a mi mente preguntas: “¿Es esto una fuerza, cómo de la que hablan los budistas o el Karma o el Yin-Yang? Es éste simplemente un poder innato o una fuente de energía o es que hay alguien de pie allí? Continué preguntándome todo esto.

Mientras meditaba en esto una voz me habló desde el centro de la luz. Era la misma voz que había anteriormente escuchado aquella tarde. La voz me dijo: “Ian, ¿deseas volver?” Temblé al pensar que había alguien en el centro de esa luz y que ése alguien sabía mi nombre. Era como si esa persona pudiera leer mis pensamientos internos sin utilizar el habla. Pensé entre mí: “Volver, volver, ¿a dónde? ¿ dónde estoy?”.

Rápidamente detrás de mí vi que el túnel se disipaba para volver a la oscuridad. Creí que me encontraba soñando en mi cama del  hospital y cerré los ojos. “¿Es esto real? De nuevo habló el Señor: “¿Deseas volver?” y respondí:” Si estoy fuera de mi cuerpo no sé donde me encuentro, deseo volver”. La respuesta de esta persona fue: “Si deseas volver Ian, debes ver las cosas de forma diferente”.

Al escuchar las palabras “ver de forma diferente” comprendí algo. Recordé cómo me habían dado una tarjeta de Navidad que decía: “Jesús es la luz del mundo” y “Dios es luz y no hay oscuridad en El”. Había meditado sobre estas palabras en aquel entonces. Acababa de salir de la oscuridad y aquí ciertamente no existía la oscuridad. Me di cuenta entonces de que la luz podría proceder de Jesús y que si así fuera - ¿qué estaba haciendo yo aquí entonces? Yo no me merecía el estar aquí.

                                                              

 

                                                                         CAPÍTULO OCHO

                                                         Las Ondas de Amor

“Y conocer el amor de Dios, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” Efesios 3:19.

¡Así que éste era Dios! El es luz. El conocía mi nombre y los secretos pensamientos de mi mente y de mi corazón. Y pensé. “Si éste es Dios, entonces El es también capaz de ver todo lo que he hecho en mi vida”.

Me sentí totalmente al descubierto y expuesto ante Dios. Uno puede llevar máscara ante los hombres pero no puede hacerlo ante Dios. Me sentí avergonzado y sin defensas y pensé entre mí: “Han cometido un error y traído aquí a la persona equivocada. No debería estar aquí. No soy muy buena persona. Debería arrastrarme y meterme debajo de una roca o volver a la oscuridad a la que pertenezco”.

Al moverme lentamente hacia atrás, hacia el túnel, una onda de luz emanó hacia delante de parte de Dios y se dirigió hacia mí. Lo primero que pasó por mi mente era que esa luz me iba a echar de vuelta al agujero; pero para sorpresa mía – una onda de amor puro e incondicional me pasó por encima. Era lo último que me esperaba yo. En vez de ser juzgado, estaba siendo limpiado por un amor puro.

Puro, no adulterado, limpio, totalmente libre, no merecido, amor. Empezó a llenarme desde dentro hasta afuera, haciendo que mis manos y cuerpo hormigueasen hasta hacerme tambalear. Llegó esto a mi mente: “Quizás Dios desconozca todas las cosas malas que he hecho” por lo que procedí a contarle todas las cosas repugnantes que había hecho bajo cubierta de la oscuridad. Pero esa como si ya me hubiese perdonado y en su lugar hubiera decidido aumentar la intensidad de Su amor. De hecho, más adelante Dios me mostraría que al pedirle perdón en la ambulancia fue el momento en el que El me perdonó y cuando limpió mi espíritu de toda maldad.

Me encontré a mí mismo sollozando de forma incontrolable a medida que el amor se volvía cada vez más fuerte. Era tan limpio y puro, totalmente incondicional. No había sentido el ser amado desde hacía tiempo. La última vez que ocurrió fue con mi mamá y papa en casa, pero al salir al mundo grande y extenso me encontré con que el amor apenas existe allí.

Había visto cosas que creía que eran amor, pero el sexo no era amor, simplemente era algo que te consumía. La lujuria era como un fuego dentro de ti, un incontrolable deseo que te quemaba desde tu interior. Y ahora este amor estaba sanándome, y fue entonces que comprendí que existe una increíble esperanza para el ser humano en este amor. La misericordia de Dios es ofrecida siempre antes de que El ejerza Su juicio.           

Permanecí allí, las ondas de amor pararon y me quedé de pie revestido de una luz pura y lleno de amor. Había tanta quietud. Estaba tan cerca que me pregunté si podría dar un paso hacia la luz que rodeaba a Dios para poder verle cara a cara. Si solamente pudiese verle la cara conocería la verdad. Estaba harto de oír mentiras, de sentirme decepcionado. Quería saber la verdad. Había estado por todo el mundo en busca de la verdad y nadie parecía ser capaz de dármela a conocer. Creí que si daba un paso y me encontraba cara a cara con Dios, podría entonces descubrir la verdad y el significado de la vida.

¿Podría entrar? No había nadie que me dijera que no me era permitido hacerlo. Por lo que di un paso adelante y entré a la luz. Al entrar, fue como si estuviese dentro de velos formados por luces brillantes que estaban suspendidas en el aire, como si fuesen estrellas colgantes o diamantes que emiten un increíble resplandor. Y a medida que caminaba, esa luz continuó sanando la parte más profunda de mi ser, mi desquebrajado hombre interior, sanando mi corazón de forma maravillosa.

Me dirigí hacia la parte más luminosa de la luz. De pie, en el centro de la luz había un hombre vestido de ropas blancas deslumbrantes que le llegaban a los tobillos. Podía ver sus pies desnudos. La ropa no era de fabricación humana sino que eran ropajes de luz. Al levantar mis ojos pude ver el pecho de un hombre con sus brazos abiertos como si desease darme la bienvenida. Miré hacia su rostro. Era tan brillante que parecía 10 veces más brillante que la luz que yo había visto anteriormente. El sol se quedaba amarillo y pálido al lado suyo. Era tan luminoso que me impedía ver las facciones de su cara y al permanecer de pie allí sentí que la luz emitía  pureza y santidad.

Yo sabía que me encontraba ante la presencia del Dios Todopoderoso – nadie sino Dios hubiera podido tener ese aspecto. La pureza y la santidad continuaron acercándose a mi rostro y comencé a sentir que entraban en mi interior. Quería acercarme más para contemplar su rostro.

No sentí miedo sino que más bien me sentí con libertad para moverme hacia El. Ya a pocos pasos de Él intenté mirar dentro de la luz que le rodeaba pero al hacerlo, El se apartó y al moverse, toda la luz se movió con El al mismo tiempo.

                                                              

 

                                                                         CAPÍTULO NUEVE

                                                   La Puerta y La Decisión

“Yo soy la puerta: el que por mí entrare, será salvo; entrará, y saldrá, y hallará pastos. El ladrón no viene sino para hurtar, y matar, y destruir: yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor: el buen pastor su vida da por las ovejas” Juan 10:9-11.

Directamente detrás de Jesús, había una apertura de forma circular como el túnel por el que acababa de bajar. Al contemplar a través de él, pude ver abrirse todo un nuevo mundo. Era como si estuviera a las afueras del Paraíso, echando un vistazo a la eternidad.

Todo totalmente intacto, sin haber sido tocado por mano humana. Ante mí tenía a verdes campos y prados. Ya la hierba en sí emitía la misma luz y vida que yo había visto al estar en la presencia de Dios. Las plantas no tenían plaga alguna. Era como si la hierba volviese a su sitio tras ser pisada.

A través del centro de los prados, pude ver una claro río que ondeaba a través del paisaje junto con árboles a ambos lados del mismo. A mi derecha tenía montañas a lo lejos y el cielo era azul y limpio. A mi izquierda, tenía colinas verdes ondulantes y flores que irradiaban bellos colores.

¡El Paraíso! Sabía que este era mi sitio. Me sentí como si acabara de nacer. Todo mi ser sintió que este era mi hogar. Ante mí se presentaba la eternidad  a un simple paso. Al intentar entrar en este nuevo mundo, Jesús dio un paso hacia el lintel de la puerta.

La Biblia nos dice que Jesús es la puerta y que si venimos a través de Él, entraremos y saldremos y encontraremos verdes pastos. El es la puerta a la vida. Jesús es el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino a través del. El es el camino al Padre, el único camino. Hay un solo pasadizo estrecho que nos lleva a este Reino. Pocos lo encuentran. La mayoría de personas haya la carretera que va al Infierno.

Jesús me hizo esta pregunta: “Ian, ahora que has visto esto: ¿Deseas volver?” y yo pensé: “¿Volver?, por supuesto que no”. ¿Por qué el desear volver? ¿Para qué volver a la miseria y al odio? No, no tengo nada por lo que volver. No tengo ni mujer, ni hijos, a  nadie que realmente me ame. Tú eres la única persona que me ha amado de verdad tal como soy. Quiero permanecer ante tu presencia para siempre. Deseo entrar al Paraíso”.

Pero no se movió por lo que eché la vista atrás una vez más: “Adiós mundo cruel, ¡me marcho!”. Al hacerlo, en una nítida visión y de pie delante del túnel, vi a mi madre. Al verla, comprendí mi error;  tenía una persona que me amaba – mi querida mamá. No solamente me había amado, sino que también había orado por mí e intentado también mostrarme a Dios. Más yo, en mi orgullo y arrogancia me había burlado de sus creencias. Ahora, después de todo, ella tenía la razón – existía Dios y a su vez  el Cielo y el Infierno.

Empecé a creer que sería egoísta por mi parte si yo entrara al Paraíso y dejara a mi madre pensando que yo me había ido al Infierno. Ella no tendría ni idea de que yo había hecho una oración en mi lecho de muerte y de que me había arrepentido de mis pecados y recibido a Jesús como mi Señor y Salvador. Ella simplemente hubiera recibido mi cadáver que llegaba de la Isla Mauricio.

Por lo que le dije: “Dios, hay una sola persona por la que deseo volver y esa es mi mamá. Deseo decirle que lo que ella cree es verdad, que hay un Dios vivo, que hay un Cielo y un Infierno; que hay una puerta y que Jesús es esa puerta – y que sólo a través de Él podemos pasar”.

Al mirar de nuevo, vi detrás de ella a mi padre, a mi hermano, a mi hermana, a mis amigos y a una multitud de personas. Dios me estaba mostrando a muchas otras personas que desconocían esa realidad y que no la descubrirían a no ser que yo se lo contase. Le respondí: “Yo no amo a esas personas” pero Él me dijo:”Yo las amo y también deseo que todas ellas lleguen a conocerme”.

 Luego me dijo el Señor: “Si vuelves, tendrás que ver las cosas de forma diferente”. Comprendí que debía mirar a través de Sus ojos, de Sus ojos de amor y de perdón. Necesitaba ver el mundo como El lo veía – a través de los ojos de la eternidad. Le pregunté:”Dios, ¿cómo voy a volver?¿Tengo que regresar de nuevo a través del túnel de la oscuridad, de vuelta a mi cuerpo? ¿Cómo puedo volver? No sé cómo llegué aquí”. El me respondió: “Ian, gira la cabeza ... siente ahora cómo el líquido se va de tus ojos … abre ahora tus ojos  y mira”.

                                                              

                                                                           CAPÍTULO DIEZ

                                        El Retorno a la Vida

“Porque ha librado mi vida de la muerte, y mis pies de caída, para que ande delante de Dios en la luz de los que viven” Salmo 56:13.

De inmediato, volví a mi cuerpo. Mi cabeza estaba girada hacia la derecha y tenía un ojo abierto. Estaba mirándole a un joven médico hindú que tenía mi pie derecho levantado y que estaba metiendo un instrumento punzante en la planta de mi pie buscando señales de vida. No se dio cuenta de que yo estaba vivito y coleando y a su vez observándole.

Me pregunté qué porras estaba haciendo, pero luego se me encendió la luz – “Piensa que estoy muerto”. En ese momento dejó de hacer lo que tenía en manos y giró su cabeza en dirección a mi rostro. Al juntarse nuestras miradas, su rostro se llenó de pavor – como si hubiese visto un fantasma. La sangre desapareció de su rostro, se volvió pálido como una sábana y salió pitando.

Me sentí conmocionado por esto y pedí a Dios que me diera fuerzas para girar mi cabeza hacia la izquierda y poder mirar al otro lado. Al girar lentamente la cabeza vi a enfermeras y enfermeros en el lintel de la puerta mirándome fijamente con incredulidad y aterrorizados. Nadie dijo nada. Aparentemente, yo había permanecido muerto durante 15 o 20 minutos y me estaban preparando para llevarme a la morgue. Me sentí débil y cerré los ojos pero de nuevo los abrí rápido para comprobar que seguía en mi cuerpo. No sabía si iba a desaparecer de nuevo.

Aún me encontraba paralizado y pedí a Dios que me ayudase. Al orar, noté una sensación de hormigueo en mis piernas acompañada de un reconfortante calor. Continué orando y el médico simplemente permaneció allí de pie moviendo la cabeza con gesto de incredulidad. El calor se  extendió a mi cuerpo y brazos. ¡Dios me estaba sanando! Estaba tan cansado que de nuevo cerré los ojos y me dormí profundamente.

No me desperté hasta la tarde del día siguiente.  Al hacerlo, vi a mi amigo Simón de pie fuera de mi habitación mirando por la ventana. Estaba pálido y moviendo su cabeza con total incredulidad. No podía creer que yo estuviera vivo. Me había seguido al hospital y había traído junto a él a un amigo mío de Nueva Zelanda. “Así que pasaste una noche de aupa ¿eh?”me preguntó mi amigo. “Sí” le respondí: “No sé realmente lo que me sucedió”. No quería decirle: ¡Bueno en realidad … morí! Estaba intentando comprender todo lo que había pasado y no quería que nadie me dijese: ¡Te vamos a llevar al loquero, has tomado demasiada droga y está saliéndote por las orejas!”.

                                                                      (Foto)

                                                              La ventana del hospital

Me dijeron: “Este lugar huele a letrina”. “Te vamos a sacar de aquí. Te cuidaremos”. Me resistí – quería quedarme en el hospital – pero se subieron a la ventana, me levantaron por encima y me sacaron afuera. El médico entro e intentó físicamente impedir el que lo hicieran pero le echaron a un lado.

Tenían un taxi esperando. Simón tuvo miedo de entrar conmigo al taxi creyendo que yo era un  fantasma. Me llevaron a mi bungalow de la playa y me metieron en la cama. Luego fueron a la sala y ¡lo celebraron con un guateque!.

Yo estaba agotado y con hambre. De nuevo me dormí y me desperté a medianoche temblando y sudoroso con el corazón aterrorizado. Estaba tumbado frente a la pared y al darme la vuelta vi lo que me estaba produciendo ese miedo.

A través de la mosquitera y de los barrotes de acero de las ventanas pude ver 7 u 8 pares de ojos observándome con un brillo rojo en los mismos. En lugar de tener la pupila redonda , la tenían como la de un gato. Parecían mitad humanos mitad animal. Pensé: “¿Qué porras son estos?” Me miraron a los ojos y les miré a la vez que escuchaba un susurro que decía: “Nos perteneces, vamos a volver”. Les grité: “No, no lo vais a hacer”. Cogí mi linterna y les iluminé. No vi nada allí - ¡pero yo sabía que les había visto!.

Me pregunté si estaría volviéndome loco. Comencé a sentirme como si hubiera a perder los papeles. Tuve que tranquilizarme a mí mismo y convencerme de que no me estaba volviendo tarumba. Había pasado por tanto en estas últimas 24 horas. Por lo que dije: “Dios ¿Qué es lo que está pasando?”.

Fue entonces cuando El me guió paso a paso por todo lo que yo había experimentado. Fue como si lo hubiese punzado en mi mente. Al final le pregunté: “¿Qué son estas cosas que parecen estar atacándome?” Me respondió: “Ian, recuerda la oración del Padrenuestro”. La intenté recordar mentalmente pero no pude hacerlo y fue entonces cuando desde mi interior salieron las palabras: “líbranos del maligno”.

Oré esto fervientemente de corazón. Luego Dios me dijo: “Apaga la luz Ian”. Conseguí juntar el valor suficiente como para apagar la luz. Me senté en el borde de la cama con mi linterna encendida. ¡Me sentí como si fuese un guerrero Jedi  de la película de Star Wars! Y medité en lo siguiente: “Si no apago la linterna, voy a tener que pasarme la vida durmiendo con la luz encendida”.  La apagué y no sucedió nada. La oración había funcionado. Me tumbé y me dormí sin más.

                                                           

                                                                          CAPÍTULO ONCE

                                    Viendo las cosas de forma diferente

“Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente y esforzaos” 1 Corintios 16:13.

Me levanté a la mañana siguiente y me preparé el desayuno. Mis amigos llegaron de haber hecho surf esa mañana y empezaron a hablar conmigo. Comencé a ver que lo que me decían no era lo que realmente deseaban decirme. Me llené de confusión, como si estuviera escuchando dos mensajes totalmente diferentes. Comencé a ver a través de sus máscaras.

Por  primera vez en mi vida estaba empezando a ver las cosas de forma diferente. Podía ver que las intenciones de sus corazones eran opuestas a lo que salía de su boca. Era algo espantoso para mí ya que no sabía cómo reaccionar ante este tipo de inteligencia por lo que me retiré a mi habitación para quedarme allí.

Esa noche me desperté de nuevo con un sudor frío. Algo cercano a mí me estaba asustando. Giré la cabeza y para mi horror vi que los espíritus demoníacos de la noche anterior estaban ahora en mi habitación mirándome a través del mosquitero. Pero no sé por qué motivo no podían cogerme. Podían intimidarme pero no podían influenciarme.

Tenía una profunda paz en mi corazón. Esta vez tuve miedo de salir de mi cama y de encender la luz ya que ahora estaban en mi habitación. Desconocía el poder que poseían. Alumbré con mi linterna por toda la habitación de forma frenética, salté de la cama y corrí hacia el interruptor de la luz. Con la luz encendida, me puse de rodillas en el suelo. Batallando de nuevo con mi mente, intentando mantener mi cordura. De nuevo oré el Padrenuestro y volví  a la cama.

Quedaban otras 2 noches más para que volase desde la Isla Mauricio a Nueva Zelanda. La siguiente noche me despertó alguien tocando mi ventana. Era una chica que me decía: Ian, quiero hablar contigo, déjame entrar”. Como le conocía, no dudé en dejarle entrar. Medio dormido caminé hacia la puerta y giré la llave para abrirla. Justo al abrirla ella la cogió y vi sus ojos. Pude ver en ellos el mismo tinte rojo que había visto en los ojos que me habían perseguido durante las dos noches anteriores. Comenzó a hablarme en un perfecto inglés. Ella era creol y su inglés nunca anteriormente había sido perfecto. Me dijo: “ Ian, esta noche vas a venir con nosotros. Vamos a llevarte a un sitio”.

Escuché luego los pasos de otra persona. Intenté empujar la puerta pero era como si esta chica tuviese una fuerza sobrenatural y no pudiese moverla. Salieron entonces de mí las siguientes palabras: “En el nombre de Jesús – ¡véte!” Retrocedió hacia atrás como se le hubiesen golpeado en el pecho. Al verle retroceder le di con la puerta en las narices y la cerré con llave. Estaba temblando pero a su vez estaba seguro mientras tanto.

Finalmente llegó mi última noche y ya con todo empacado y listo para marcharme. Un taxi iba a venir a buscarme a las 5 de la mañana. Me dormí pero de nuevo me despertaron a medio de la noche, esta vez con piedras golpeando la ventana. Era la misma chica de antes. Estaba listo y había cerrado las puertas con llave pero dejé una ventana abierta. Pensé: “Sean quienes sean estas criaturas, están intentando matarme y el hacerlo a través de personas”. Me propuse saltar y cerrar la ventana cuando se metió un gran brazo negro por ella y quitó el pestillo. Le oí a la chica decir suavemente: “Ian, queremos hablar contigo. Sal afuera”. Me hice el dormido y de nuevo las piedras golpearon la ventana. Esta vez y con voz más alta la chica me dijo: “Ian, sal afuera”. Más tarde piedras más pesadas empezaron a entrar por la ventana y esta vez ella estaba enfadada: “Ian, sal afuera”.

De repente me di la vuelta y vi que una lanza entraba por la ventana abierta a darme. Cogí la linterna: “La mejor manera de defenderse es el atacar” pensé entre mí y dirigí mi linterna hacia el que me había echado la lanza. ¡De nuevo aquel tinte rojo! Salté chillando con todas mis fuerzas, cogí la lanza y se la eché a él. La eché por la ventana de golpe.

Rápidamente alumbré con mi linterna hacia los tres hombres y una mujer que estaban afuera. Se encogieron hacia atrás como si se tratara de perros que iban a ser apedreados. Lo que me sorprendió fue el miedo que tenían de la luz.

                                                                      (Foto)

                       La habitación de atrás del bungalow donde durmió Ian

Me encontraba tan poco tranquilo que permanecí despierto durante el resto de la noche hasta la llegada del taxi que nunca llegó. Desperté a mis amigos surfistas y les pedí  que localizasen al taxi. Lo encontraron imposibilitado ya que alguien esa noche había clavado barras de aluminio en el radiador. Era el único taxi que había en ese pueblo y mi amigo tuvo que ir a otro pueblo para conseguirme un taxi allí.

Para cuando volvió, yo tenía a un grupo de creoles fuera de mi casa con palos, y el conductor tenía miedo a pasar por donde ellos. Aparentemente, yo había causado una conmoción en el pueblo debido a mi recuperación milagrosa. Los del pueblo sabían que yo debería estar muerto y como eran supersticiosos creían que yo era un fantasma o algo parecido. Me las arreglé para evitar confrontaciones con ellos y logré llegar al aeropuerto para montar en el avión con dirección a Nueva Zelanda pasando antes por Australia.

En Perth, me puse en contacto con mi hermano menor que vivía allí. Intenté contarle lo que había visto. Se quedó pasado y no podía creerme. Dormí en su habitación esa noche ya que él se había marchado para volver a Nueva Zelanda; y en medio de la noche me desperté ante espíritus demoníacos de ojos blancos que me estaban atacando. Salí de la habitación echando pipas y vi a una Buddha sentado en la chimenea. Al mirarle Dios me habló para decirme que aquellos demonios habían salido de ese ídolo. ¡Estaba sorprendido! Ahora supe a ciencia cierta que lo que había experimentado anteriormente con los ídolos de Colombo era algo demoníaco. Decidí acortar mi estancia en Australia y volver de inmediato a Nueva Zelanda.

Cuando el avión estaba descendiendo a Auckland en Nueva Zelanda, le pregunté al Señor:”¿En qué me he convertido?” Tenía el walkman puesto con la canción “Men at work”. Una voz me habló por encima del sonido del walkman y me dijo: “Ian, te has convertido en un cristiano nacido de nuevo”. Me quité el walkman y miré a mi alrededor pero nadie del avión me lo había dicho. Busqué mis gafas de sol en mi bolsa de viaje y me las puse y en aquel relativo apartamiento que me proporcionaron me quedé pasado. ¡Un cristiano! ¡¿Es eso lo que yo era?

¡Quien deseaba ser cristiano! Todavía no me había pasado por la cabeza que era eso en lo que yo me había convertido.

Mis padres me recogieron en el aeropuerto. Ya de vuelta a casa mi madre había dejado mi habitación sin tocar, como mis posters de surf, tal como yo la había dejado dos años atrás. Fue como echar marcha atrás en el tiempo. Había llegado al refugio de mi casa. Me fui a dormir y algo me despertó a la noche zarandeándome. Para ahora ya sabía cómo deshacerme de los espíritus malignos, utilizando el nombre de Jesús y la oración del Padrenuestro.

Tenían que marcharse, ¡qué estaban haciendo aquí, en mi habitación, en mi casa! ¡Me puse furioso! ¡Me levanté y decidí echarles un rapa- polvos! ¡A por ellos! ¡Desperté a mis padres pero era cuestión de ir a por ellos!. Me senté en mi cama y dije: “Dios – estoy harto de que estas cosas me molesten a la noche. ¿Qué debo hacer para deshacerme de ellas? El me dijo: “Lee la Biblia”. Yo le respondí: “!Lo siguiente será que me pidas ir a la iglesia! No tengo Biblia. “Tu padre tiene una, vete a pedírsela”.

Lo hice. Comencé a leerla desde el principio, desde el libro del Génesis: “En el principio creo Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba vacía, era una masa sin forma rodeada de oscuridad. Y el espíritu de Dios estaba rondando por su superficie. Entonces Dios dijo: “Hágase la luz” y se hizo la luz. Y vio Dios que era bueno. Separó él entonces la luz de las tinieblas”.

Lloré al leer esto. Había estado en la universidad y estudiado todo tipo de libros pero ni había mirado al libro que podía decirme la verdad de todo. Durante las siguientes 6 semanas leí desde el Génesis hasta el Apocalipsis. ¡Todo lo que había visto en el Cielo estaba siendo descrito en este libro!.

En el capítulo 1 del Apocalipsis leí acerca de Jesús, vestido con un ropaje blanco, su rostro brillando como el sol, con 7 estrellas en su mano, el Alfa y el Omega, el principio y el fin. En Juan 8:12 leí que Jesús era la luz del mundo y que todos los que acuden a él ya no caminarán en la oscuridad sino que tendrán la luz de la vida. Leí acerca del nacer de nuevo a través del Espíritu de Dios en el capítulo 3 del Evangelio de San Juan. Leí que si confesamos nuestros pecados a Dios, El nos perdona y limpia de toda maldad. Leí acerca de los nuevos cielos y tierra donde no existirá el dolor y el llanto.

Aprendí que cuando un demonio es echado fuera de alguien, intenta volver de nuevo al lugar en el que habitó anteriormente. ¡Aprendí que Jesús me había dado la autoridad sobre los demonios que había encontrado en mi camino y que estos podían vivir dentro de ídolos. La Biblia me causó asombro ya que nunca me había dado cuenta de que lo escrito en sus páginas era vital para mi vida.

Desde aquella experiencia vivida en el año 1982, he continuado siguiendo a Jesucristo como mi Señor y Salvador. Al principio pasé un tiempo en la granja lechera de mi hermana, en Nueva Zelanda poniendo mi vida en orden. A mitad del año 1983, me uní a YWAM (Youth with a Mission- Jóvenes con una Misión a cumplir) y me embarqué con ellos para navegar por las Islas del Pacífico; hablando a la gente de allí del amor de Dios. Luego volví al sudeste asiático y ministré a tribus apartadas de Malasia. Durante 3 años trabajé en las junglas de Sarawak y en tierra peninsular. En ese tiempo conocí a mi esposa Jane.

Desde entonces, he trabajado en la iglesia (soy Pastor ordenado) y también como conferenciante viajando a muchos países y compartiendo este testimonio. Mi esposa Jane y yo tenemos 3 hermosos hijos: Lisa, Michael y Sarah. Nuestro deseo es el continuar compartiendo con todo el mundo las increíbles noticias del incondicional amor y misericordia de Dios; y de la provisión de Dios para perdonar nuestros pecados a través de la muerte de Jesús en la cruz.

                                                                    (Foto)

                                                     Ian y Jane junto a sus hijos

                                                               

 

                                                                        CAPÍTULO DOCE

                                         ¿Qué le espera a usted ahora?

Dios amó tanto al mundo que dio a Su Hijo, a Su único Hijo. Y este es el porqué: para que nadie fuese destruido; para que cualquiera que crea en Él, tenga una vida completa y duradera.

Dios no se tomó todas esas molestias para enviar a Su Hijo, para meramente señalarnos con un dedo acusador, diciéndonos lo malos que somos. El vino a ayudarnos, para de nuevo arreglar el mundo.

Cualquiera que pone su confianza en Él es absuelto, su deuda con Dios es entonces pagada. Mas cualquiera que rechaza poner su confianza en Él lleva ya tiempo bajo la pena de muerte sin que él o ella mismo-a lo sepa.

                                      Juan 3 (El mensaje sucinto de este pasaje)

El amor de Dios hacia nosotros es abrumadoramente real. El envió a Su propio hijo, Jesús, para morir de parte nuestra, para pagar el precio que había que pagar debido a nuestro pecado. La Biblia dice que la multa a pagar por nuestro pecado es la muerte; y que ninguno de nosotros está libre de pecado – pero el regalo de Dios es que nos da la vida eterna a través de Jesucristo (Romanos 5:8-11). La decisión del lector está en sus manos – solamente usted puede decidir elegir entre el vivir o el morir espiritualmente.

Si este libro le ha retado a pensar de qué manera va a responder ante la invitación de vida eterna que Dios le ofrece, puede que le resulte de ayuda el decir una oración como la que hizo Ian.

Si usted ha tomado ya la decisión de seguir a Jesús, sería bueno que buscase a más personas que a su vez le siguen, las cuales pueden animarle y ayudarle a crecer en su fe. Consiga una Biblia y comience a leerla – puede que le resulte más fácil el empezar por el Evangelio de San Juan (consulte la página de contenidos al principio de la Biblia).

Es nuestra oración el que Cristo viva en usted en el momento en el que le abra la puerta de su corazón y le invite a entrar en él. Y que con sus pies firmemente plantados en el amor de Dios, usted sea capaz de asimilar la extravagante dimensión del amor de Cristo que Dios tiene para todo discípulo suyo. ¡Alargue su mano y experimente la amplitud del mismo! ¡Compruebe lo extenso que es! ¡Sondee lo profundo que es! ¡Viva usted una vida llena de la plenitud de Dios!

                                           Efesios 3 (El Mensaje sucinto de este pasaje)

                                                        

 

                                                                        ANOTACIONES

                                                 LA PÁGINA WEB DE IAN

Par más información sobre Ian y sus conferencias visite la página web:www.aglimpseofeternity.org.

                                                 LA MEDUSA BOX

Para más información sobre la Medusa Box consulte las siguientes páginas web:

http://animals.nationalgeographic.com/invertebrates/box-jellyfish.html

http://www.outback-australia-travel-secrets.com/box-jellyfish.html

                                                  REFERENCIAS EN LAS SAGRADAS ESCRITURAS

Usted puede comprobar cómo el testimonio de Ian es acorde con lo que la Biblia dice al ser contrastado con los siguientes pasajes de la Biblia:

*La Muerte y el Juicio Final: Mateo 25: 31-46, Romanos 6:9-11, Romanos 14:7-12, 1 Corintios 15:35-44, 2 Timoteo 4:1, Hebreos 9:27, Apocalipsis 20:11-15.

*La muerte de Jesús por nuestros pecados: Juan 11:25-26, Romanos 6:9-11, Romanos 8:10-11, 31-35, Colosenses 2:13-14, 1 Tesalonicenses 5:10, 1 Pedro 1:3-4.

*Jesús, el Hijo glorificado de Dios: Ezequiel 1:26-28, Lucas 9:29, Juan 20:19, Hechos 7:55-56, Hachos 9:3-5, 1 Tesalonicenses 4:14, Apocalipsis 1:13-16.

*La luz y la oscuridad: Isaías 42:6, Mateo 8:12, 22:13, Lucas 2:32, Juan 1:4-9, 8:12, Hechos 13:8-11, Romanos 13:12, 2 Corintios 4:6, Efesios 58-14, 1 Juan 1:5, 2:8-11, Apocalipsis 21:23.

*La vida eterna: Salmo 145:13, Eclesiastés 12:5, Isaías 51:11, 60:19-20, Jeremías 31:3, Marcos 3:29, Lucas 16:9, Juan 3:15, 4:36, Romanos 1:20, Efesios 3:10, 11, 2 Tesalonicenses 2:16, 2 Timoteo 2:10, Hebreos 5:9, 9:15, 1 Pedro 5:10, 2 Pedro 1:11, Judas 21, Apocalipsis 14:6.

*El Cielo y el Infierno: Mateo 5:11-12, 8:12, 10:15, 18:10, 22:15, 23:15, 34-37, Lucas 10:20, 15:7, 16:25, 20:36, 23:43, Juan 14:2, Romanos 8:17, 1 Corintios 15:42-51, 2 Corintios 12:2-4, 2 Tesalonicenses 1:9, Judas 6, Hebreos 9:12, 12:22-23, 1 Pedro 1:4, 2 Pedro 1:10-11, 2:4, 3:13, Apocalipsis 7:15, 14:13, 21:2-4, 10-27, 22:3-5, 15.

*El Amor de Dios: Salmo 103:4, Salmo 36:7, Mateo 18:10, Juan 15:13, Romanos 5:5-8, Gálatas 2:20, Efesios 2:4-5, 3:19, 2 Tesalonicenses 2:16, Tito 3:4.

*Los espíritus demoníacos: Mateo 8:29, 10:1, 12:24-30, Marcos 1:23-24, 5:8-9, Lucas 8:29, 10:17-18, 1 Corintios 10:20, 1 Timoteo 4:1.

MÁS CORELACIONES BÍBLICAS REALIZADAS  POR EL DOCTOR RICHARD KENT

Es una cuestión bíblica y es real que cuando morimos, nuestro espíritu deja atrás a nuestro cuerpo. El ejemplo más conocido de esto se encuentra en Juan 19:30: “Jesús dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, dio su espíritu”. No hay duda de que Jesús murió como hace constar Juan 19:33. Se nos dice que “vivificado en el espíritu” Jesús predicó a los que se habían ahogado en el diluvio de Noé (1 Pedro 3:19).

En añadidura me parece también probable que el apóstol Pablo experimentó a su vez lo que ocurre antes de morir, tras ser apedreado por judíos de Antioquía y de Icono. Los judíos estaban extremadamente furiosos con Pablo al desertar del Sanhedrín y convertirse en seguidor de Jesús, Lo más probable es que mataron a Pablo como es lo lógico al ser uno apedreado. Pablo describe su propia experiencia vivida antes de morir y ser “Arrebatado hasta el tercer cielo” 2 Corintios 12:2.

Finalmente, el doctor Lucas en su narración del Evangelio, describe al espíritu de una niña de 12 años que murió y que volvió a su cuerpo para volver a la vida. Jesús fue requerido para que viera a la hija de Jairo, que había muerto, con la petición de que la devolviera a la vida. Se hace constar esta historia en Lucas 8:53-55:” Y hacían burla de él, sabiendo que estaba muerta. Mas él, tomándola de la mano, clamó, diciendo: Muchacha, levántate. Entonces su espíritu volvió, y se levantó”. La enseñanza es clara en este pasaje: cuando el espíritu de la niña volvió a su cuerpo – ella volvió a la vida, resucitó. Yo firmemente creo que ésta es la explicación bíblica de lo ocurrido a Ian McCormack, cuyo espíritu volvió a su cuerpo después de haber muerto.

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